A mediados de 1984 el gobierno, cada vez más presionado por las exigencias de libertad que le llegaban desde dentro y fuera del país, lanzó su primer “globo sonda”. Winnie cuenta que le habían ofrecido “liberarle” con la “condición de que se instalará en “su” patria del Transkei”.’ y naturalmente, rechazó la oferta. Winnie precisó que “!Ofrecerle esta clase de “libertad” después de entregar veintidós años de su vida por la lucha!. Ni siquiera vale la pena discutirlo. Uno de sus visitantes, el jurista norteamericano Samuel Dash dialogó con él sobre sus ideas y Mandela insistió que el problema central seguía siendo “la igualdad política”. Luego le explicó nuevamente los tres principios de su programa:
“1. Una Sudáfrica unificada, o sea sin homelands artificiales;
2. Representación negra en el Parlamento central (no asociación en esa especie de asambleas del apartheid que acababan de ser decretadas para los asiáticos y la gente mestiza, y
3. Un hombre, un voto. Mandela seguía pues defendiendo un proyecto de sociedad multirracial, esta era una de las preocupaciones del CNA, la mano seguía tendida por más que cada vez más que muchos blancos seguían temiendo la igualdad. Esta sociedad multirracial no podía ser obra de un día, necesitaba su tiempo, y el preso se mostraba dispuesto, por ejemplo a “mantener la separación de viviendas hasta que haya suficientes nuevas oportunidades de empleo y alojamiento que permitan a los negros vivir dignamente en Johannesburgo”.
El punto crucial seguía siendo el de la violencia, y Mandela insistió en sus argumentos. Consideraba la violencia como una última instancia obligada por el terror blanco y que reconocía que en el enfrentamiento eran los negros los que sufrían más. De “todas formas, anotó, sí los líderes blancos no actúan de buena fe con nosotros, sí no se reúnen con nosotros para tratar la igualdad política y sí de hecho nos dicen que tenemos que seguir oprimidos por los blancos, entonces no quedara otra alternativa para nosotros que la violencia. Y le prometo que venceremos”.
Estas últimas palabras no eran propaganda, la historia había comenzado a dar el gran giro en Sudáfrica. Aquel hombre sometido por unos guardianes sin escrúpulos y olvidado por los medios de comunicación de su país y del mundo, resurgía ahora imponiendo condiciones desde su celda. En contra de su pueblo permanecía el “poder pálido” , con el más poderoso ejército del continente, en aquellos momentos, el auténtico talón de hierro que aplicaba el fascismo exterior en connivencia con la Norteamérica de Reagan para desestabilizar los países vecinos, que, como Angola, Mozambique y Cabo Verde, habían conseguido la independencia del ultracolonialismo portugués (otro gran aliado de Pretoria), gracias a una “toma de conciencia” de la oficialidad más joven y democrática que había auspiciado en abril de 1974 la famosa “revolución de los claveles” que daba al traste casi a sesenta años de dictadura. Pero después, el ejército del apartheid actuó como principal soporte de las “guerrillas” mercenarias, de las respectivas “contras” de estos países, al tiempo que realizaba excursiones terroristas persiguiendo los “santuarios” de Umkhonto. Se trataba además de un poder que seguía teniendo el apoyo de las hipócritas grandes potencias, pero en el interior de las cuales, sobre todo en Estados Unidos y en Inglaterra, emergían poderosos movimiento de solidaridad con la Sudáfrica democrática y en todo el mundo.
También en el Estado español donde el gobierno de Felipe González era uno de los pocos que seguía manteniendo la venta de armas y buenas relaciones con Pretoria.
Aunque posiblemente la victoria prometida no podría producirse por un combate directo, había pues que confiar que, con “el tiempo y con la ayuda de otros en nuestra fronteras, el apoyo de la mayoría de las naciones del mundo y el continúo adiestramiento de nuestro pueblo podemos hacerle la vida insoportable”. Un. pronóstico que se cumplirá claramente pocos años después, cuando la crisis económica interna se ha hecho más grave que nunca, se ha ampliado el cerco internacional, la división se ha instalado en la población blanca donde, finalmente solamente una minoría abiertamente neonazi siguió levantando la vieja bandera del apartheid. Pero sobre todo, ocurre que la mayoría negra niega a seguir como antes. Todavía en junio de 1986 el gobierno trató de retomar la iniciativa y sugirió a través de su ministro de Asuntos Exteriores –o sea el más sensible a la presión internacional– que Mandela estaba invitado a participar en una mesa de negociaciones sí renunciaba a la violencia. “El mismo es quien provoca su permanencia en la cárcel -declaró el “premier” bóers Botha–, sólo tenía que renunciar a la violencia y entonces estaría preparado para unirse a nosotros…”. Pero ya no convencía más que a los convencidos.
Botha aseguró en la misma declaración que la mayoría de la población estaba a favor de estas negociaciones para “proteger gente inocente… La responsabilidad de un enfrentamiento recaía según el ministro, en los extremistas de derecha y de izquierdas que olvidaban que “una vez se ha accedido al poder mediante métodos violentos se gobierne utilizándolos y se es derrocado de la misma manera”. La única violencia legal es la del poder, venían a reafirmar, en tanto que la de la oposición era ilegítima. Una filosofía tan vulgar y antigua como la historia del mundo, esa historia que Voltaire dijo en una ocasión que se podía contar a través de sus crímenes, algo sobre lo que la minoría blanca habría tenido que responder…de sufrir una derrota militar. La respuesta de Mandela ya estaba en la calle.
La había dado en una carta dirigida a su hija Zindziswa que fue leída ante una muchedumbre reunida en el estadio Jabulani de Soweto el 10 de febrero de 1985, y contiene una respuesta coherente con su ideario, la muchacha proclamó “Mi padre y sus camaradas desean haceros esta declaración al pueblo en primer lugar. Tienen claro que son responsables ante vosotros y ante vosotros solamente…Mi padre no habla sólo por sí mismo y de sus camaradas de la prisión Pollsmoor, sino que también espera hablar por todos los encarcelados por su oposición al apartheid…Mi padre dice: “Soy un miembro del CNA. Siempre he sido un miembro del CNA y lo seguiré siendo hasta el día en que me muera. 0liver Tambo es mucho más que un hermano para mi…Mi padre dice: “Me sorprenden las condiciones que me quiere imponer el gobierno. Yo no soy un hombre violento. Mis colegas y yo escribimos a Malam en 1952 solicitándole una mesa redonda para encontrar una solución a los problemas de nuestro país pero lo ignoraron (…) Con Strijdom (…) Cuando Verwoerd estaba en el poder sus solicitamos un convenio nacional para toda la gente de Sudáfrica para que decidiese el futuro. Esto también fue en vano… Fue entonces cuando agotamos todas las otras formas de resistencia que recurrimos a la lucha armada”.
A continuación, la carta repite las exigencias de su movimiento, que Botha “renuncie a la violencia”, que “desmantele el apartheid, que legalice a las organizaciones de la oposición, que dé libertad a los presos y permita el regreso de los exiliados, que “garantice la actividad política libre para que el pueblo decida quien los va a gobernar”. Su libertad es la libertad de todos, no es “el único que ha sufrido duran te estos largos años solitarios y desperdiciados”. Al final proclama: “No amo la vida menos que vosotros. Pero ni puedo vender mis derechos de nacimiento ni estoy dispuesto a vender los derechos de nacimiento de mi gente para ser libre. Estoy en prisión como representante del pueblo y de vuestra organización, el CNA que fue prohibido. ¿Que libertad me ofrecen cuando la organización popular sigue estando prohibida? ¿Qué libertad me ofrecen cuando me podrían arrestar por un delito según el “pase“? ¿Qué libertad me ofrecen para vivir mi vida como una familia con mi querida esposa que sigue desterrada en Brandford? ¿Qué libertad me ofrecen cuan do debo pedir permiso para vivir en una zona urbana? ¿Qué libertad me ofrecen sí necesito un sello en mi “pase” para buscar trabajo? ¿Qué libertad me están ofreciendo cuando ni siquiera se respeta mi ciudadanía sudafricana? Sólo pueden negociar los hombres libres. Los prisioneros no pueden concertar contratos…Yo no puedo hacer ni haré ninguna promesa en un tiempo en el que ni yo, ni vosotros el pueblo, estamos libres. Vuestra libertad y la mía no se pueden separar. Volveré”.
La conclusión no podía ser más clara: “La salida no depende de él” respondería Winnie en 1990, porque Mandela seguía poniendo sus condiciones para su un hecho pare el que es difícil encontrar un parangón en la historia. Había caído ya el presidente Botha con un saldo claro de una derrota de su reforma calificada de cosmética, y había entrado un nuevo presidente, Frederik W. de Klerk que daría un giro que exigía la situación gubernamental. En una de sus primeras declaraciones, de Klerk reconocía que había que acabar con el apartheid e impulsó a continuación algunas medidas importantes. Fueron liberados todos los de Rivonia con excepción de Mandela, y delante de las grandes manifestaciones de masas con que fueron recibidos, Sisulu, Mbeki y los otros proclamaron su fidelidad al CNA –o al SACP, plenamente identificados en este proceso–, y defendieron sus ideas de lucha por más que el gobierno les instó a pacificar los espíritus. El movimiento de oposición estaba ya desmantelando muchos de los aspectos más cotidianos del apartheid, la desobediencia a las leyes era ya un punto de honor para la mayoría que entraba y salía por playas, restaurantes y hospitales con el mismo derecho que hasta entonces se había reservado a los blancos…No pasó mucho tiempo para que de Klerk cumpliera otro requisito planteado por el prisionero de Pollsmoor: la legalización de les organizaciones anti-apartheid, del CNA y del SACP en primer lugar. El apartheid tenía ya los días contados.
En el fondo de este cambio histórico estaba la crisis social que vivía Sudáfrica, la oposición de los países del Frente del rechazo con Zimbabwe en primer lugar, el fin de la hegemonía directa de Sudáfrica en Namibia, pero la nueva política exterior soviética de abandono de las luchas nacionales y antiimperialistas, la caída del muro de Berlín, y la descomposición del estalinismo, un “nuevo mundo” en el que caía lo malo pero ascendía lo peor (la llamada “revolución conservadora”). La liberación de Mándela ya estaba madura. Su libertad se había convertido en una esperanza para los liberales blancos que reconocían ahora en Mandela la posibilidad de contener lo que algunos comentaristas y activistas tan notables como Breyten Breytenbach habían caracterizado como un proceso irreversible de guerra civil que dividiría a los mismos blancos, de manera incluso más tajante a la que Pretoria estaba tratando de atizar con los atentados provocados por las huestes zulúes del neoliberal Buthelezzi. De hecho, los propio bóers se habían dividido, una mayoría “evolucionista” se había situado detrás de Klerk argumentando ahora a favor de los “derechos de la minoría” (blanca, por supuesto), de las garantías para el mercado libre, etc.
Una minoría formaba un nuevo partido conservador que forma algo parecido a lo por aquí se llamó durante la “Transición” “el Búnker” y no dudaba en emplear la esvástica en sus estandartes y colgar carteles en los que se podía leer “!Que cuelguen a Mandela¡” Estos conservadores declararon que preferían emigrar a nuevas tierras; repetir el “gran treck” de sus antepasados, antes de integrarse en una sociedad multirracial, mera palabrería, entre otras cosas porque ya se no quedaban tierras que colonizar, se la habían quedado en los últimos siglos. Por lo tanto, ¿qué tierras iban a reclamar?, ¿en nombre de qué?, ¿donde encontrarían la mano de obra casi esclava?, tampoco podrían regresar a su “Europa”, a la liberal Holanda donde habrían seguramente parecidos gente de otro planeta. El gobierno trató de acondicionar la liberación de Mandela seguramente a una declaración pacificadora en tanto que el CNA también puso su premisa: el fin del Estado de Emergencia, ya que no se podía negociar nada mientras “se mata despiadadamente a nuestra gente en las calles de Johannesburgo”.
La esperada libertad de Mandela llegó finalmente en un día que señaló como ningún otro la historia de Sudáfrica: el 11 de febrero de 1990. Salió por la puerta grande, sin un acuerdo estricto. Entre otras cosas porque Mandela seguía siendo un militante del CNA y los problemas que estaban encima de la mesa no eran tan simples como para encontrar una rápida vía negociadora. De momento allí estaba, en la calle, en medio de su pueblo que lo clamaba en actos multitudinarios, de ebullición imposibles de encontrar en otros en estadios, con un pueblo “rebosante” de alegría y de ritmos que eran ahora de reafirmación, no eran ni esclavos, ni enanos, ni desechos (como los había tratado la misma señora de De Klerk), sino seres humanos dignificados por la conquista de libertad, por su ideales y por su pertenencia a una nación que nacía de nuevo. En aquellos escenarios irrepetibles, Mandela apareció con un aspecto que fue describió así la novelista blanca Nadine Gordimer: “Allí estaban las fotografías, mil veces reproducidas, del hombre joven, alto, sonriente y peinado a la antigua; y allí estaba también el héroe mítico (nuestro “Che” Guevara por no decir nuestro Mesías), inmortal aunque en algunos momentos se pensase que nadie volvería a verle con vida”
Inmediatamente después de su liberación, de las escenas de alborozo familiar y nacional, Mandela pudo por primera vez en su vida viajar libremente, con un pasaporte en regla, y ha emprendido un largo periplo pera pedir al mundo solidaridad en la gran tarea de reconstruir Sudáfrica sobre nuevas bases. Sus encuentros se ha repartido entre los amigos de su causa en África, con los lideres namibios en primer lugar y con el líder histórico de la OLP, Yasser Arafat -el Israel sionista fue sido durante muchos años el mejor amigo del régimen sudafricano–, y ha vuelto a encontrarse con Oliver Tambo, el amigo de siempre que le sustituyó en le tarea de reconstruir el ANC durante los duros años que siguieron el juicio de Rivonia, cuando la batalla parecía irreversiblemente perdida.
Sólo los más soñadores querían creer que no era así. La lección que se ofrece al mundo es optimitas. Una vez más los “utópicos” de ayer tienen la razón después. Sin embargo, aquí habría que decir que Mandela tiene la razón a medias. Como no se olvida de reflejar Clint Eastwood en Invictus, la miseria de la mayoría sigue ahí, es más se ha agravado. No era esta lo que prometían en las luchas, no fue solo por esto por lo que lucharon los trabajadores y los jóvenes. Se dice que la vía intermedia fue la única solución posible; los blancos permitían (o sea no empleaban toda la violencia de la que eran capaces; tampoco lo harían sus aguerridos aliados imperialistas con Israel en prime lugar, no en vano había estado al lado del régimen del “apartheid” desde siempre), y los “nativos” conquistaban el derecho a la igualdad política…Es más un sector significativo de entre ellos, pudo acceder a las riquezas, el ANC ya no es un partido de lucha, es un institución estatal.
Queda pues la mitad por hacer, que hacer por Sudáfrica, por el cono sur africano, por África que tanto esperaba de su revolución. Más tarde o más temprano vendrá otra oleada de4 luchas, y entonces, la historia de Mandela será una página del pasado.
Pepe Gutiérrez-Álvarez | Para Kaos en la Red
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